Réquiem por Juan Ignacio Ferreras

 

Por Antonio Fernández Heliodoro

Ni una sola línea le ha recordado, a la hora de su muerte, en las redes sociales todas.

No ha querido ser esta vez España ni siquiera la de los grandes entierros, con sus alabanzas indiscriminadas

Ha sucedido un agravio sin precedentes hacia la inteligencia. Un gravísimo atentado a la Cultura.

Pero nos queda su palabra de fuego.

Su obra manantial.

La maravilla de su diversidad.

Juan Ignacio Ferreras sabía mirar con ojos de insecto. Percibía con ellos la visión poliédrica de la belleza; tras ella, era capaz de hacernos entrever una y otra y otra vez cada una de sus estructuras mentales.

Ha sido creador de un macrocosmos.

Hizo de la literatura, como los mejores, carne de su carne hasta la muerte. Como ellos, mediante el arte, pudo salir de sí mismo para entregarnos tantos mundos y tan distintos como los que giran en el espacio infinito. Porque el arte en general, y la literatura en particular, son el más valioso instrumento que poseemos para entender el mundo y la vida; la personalidad, las luchas, las aspiraciones de los hombres y de los pueblos. Sumergirnos en su mar resulta imprescindible para entendernos a nosotros mismos.

Juan Ignacio era muy consciente de cómo lo que vale para el lector es lo que vibra con él, lo que le estremece. Cada uno, con su sismógrafo invisible, ha de detectar las pulsaciones que le marcan los latidos con los que se siente acorde.

Para no estar solo.

Leer para releer. Ligarnos y religarnos a los otros: al mundo, a la vida, a la verdad.

Pasar de una espiral a otra espiral como Arquímedes; de uno a otro círculo como Dante.

Tomar una buena orientación, el sentido, para logra el cabal entendimiento del Universo.

Esto, nada menos, es lo que posibilitan los maestros de la palabra. De la palabra creadora como unidad misteriosa de la Idea: transparencia del pensamiento que relaciona al lector con el escritor, cuando éste actúa como un hielo que se hiende cuando la voz se calla.

Y es así como el lector de este hombre que sabía demasiado de tantas cosas –de la Regenta, de los endecasílabos, de las obras de teatro en un acto, de la mejor crítica… ¡de la novela toda!–, llega a encontrar la verdad, a veces como un obstáculo, y la claridad como un temor… Lo que le obliga a seguir y seguir, o a buscar a tientas, como el pájaro aparentemente ciego bajo la bóveda.

Sus obras completas, abruman por su extensión y por su hondura. Sus reseñas bibliográficas en Internet, anonadan.

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Yo conocí a este intelectual gracias al fiero Manuel García Viñó, “el hombre que más sabía de Fedra” (pero desgraciadamente nunca en persona), que sentía una admiración sin límites, por nuestro escritor. No era para menos.

He leído alguno de sus grandes libros recientemente publicados a la manera excelente por Editorial Manuscritos (su directora, Elena Diez de la Cortina, posee el legado de su esperada obra inédita, donde volveré a encontrarme con su palabra áurea).

Allá donde esté tu espíritu indomable; en las verdes praderas, entre pardas montañas y esplendores azules, escucharás las atmósferas que laten con terrible diapasón en la caja de resonancia de tu escritura, que seguiremos abriendo para escuchar muy atentos cuando el desencanto acude, que ahora y aquí no cesa en esta malhadada España.

(Antonio Fernández Heliodoro).

 

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