S O N E T O S (Juan Ignacio Ferreras Tascón)

 

“Se puede exigir de mí que busque la verdad, no que la encuentre”
Diderot.

sonetosg

 

 

Abro con esta cita el prólogo a esta recopilación de sonetos escritos por Juan Ignacio Ferreras desde su exilio en París en 1960 (el primer soneto está fechado en 1962) hasta el año de la presente edición, 2014.

La cita ha sido escogida intencionadamente por dos motivos; el primero, advierte de la dificultad que entraña esclarecer en unos pocos folios el quehacer poético de un hombre en el transcurso de una vida que cumple ya 85 años, lo cual es tan arriesgado como enfrentarse con uno mismo o con la realidad del mundo y de la vida, empeño que se resuelve normalmente sin goce ni certeza. Y esto es quizás lo que hace el poeta Ferreras cuando escribe: enfrentarse a sí mismo desde una soledad creativa, siempre autobiográfica, como una condena. Pues no hay lírica sin narcisismo y el poeta siempre habla del poeta:

 

Vivo a la luz de una bombilla
entre cuatro paredes de cemento,
me condené yo mismo a este tormento:
una pluma, una mesa y una silla.

¡Qué sequedad de rosas en la orilla
del río que no veo ni presiento!
¡Qué murmullo sin aguas y sin viento!
¡Qué oscuro es este sol que ya no brilla!

El mundo está lejano y aludido,
la vida está madura y sabe a vena,
sólo existen palabras no sonoras;
de soledad manchada estoy herido,
la carne pesa un poco aunque lejana.
Y el alma se me ha huido por las horas.

 

El segundo motivo de esta elección se debe a la afinidad que encuentro entre ambos escritores. Los dos son polifacéticos antiespecialistas que rehúyen del irracionalismo, buscan fundamentar una epistemología que se arraigue en la ciencia y profesan un ateísmo racional. Ferreras es un ilustrado del siglo XXI, sí, pero mejorado, por poeta. A la frialdad del puro y todavía poco desengañado razonar ilustrado, esa omnipotencia del conocimiento que a veces busca refugio en un optimismo ingenuo, opone Ferreras una cruda lucidez que se sitúa en la entreplanta del saber y que observa el mundo y sus meandros desde dentro. Ya no queda una atalaya segura desde la que lanzar una mirada limpia y objetiva sobre las cosas. Desde dentro del mundo, la defensa es siempre frágil; la disposición, vulnerable y la mirada se tiñe de desencanto e incertidumbre. No vemos la función desde el palco, pues somos también actores obligados.

 

Me duele el mundo y el arnés entero
que defiende este mundo de la nada,
también tengo la frente un poco hinchada
de infundadas sospechas que no quiero.
No creo en este mundo que sé huero,
aunque sé lo que encierra y me anonada,
y me duele el saber que encadenada
tengo el alma a este mundo prisionero.
Estoy dentro del dentro que está dentro
y preso en un presidio que está preso,
soy el perro de un perro encadenado,
y si me duele el mundo en que me encuentro
es porque me duelo yo que estoy impreso
en el libro de un mundo ya dictado.

 

La narrativa permite una distancia aséptica y distanciada, la poesía no. De Diderot decía Ferreras que era un hombre casi completo, si no fuera por sus escasas dotes poéticas. Por eso condescendió con el optimismo y creyó que un progreso derivado de la razón curaría todos nuestros espantos. Ferreras sabe que este es un buen camino, pero largo, lento y lleno de obstáculos, y también que es más difícil creer en el mundo que en los dioses. Como no se empeña el poeta en la verdad, sino en exprimirle el jugo a toda duda y a toda pregunta, sin darle entrada a la trascendencia, cada poema se convierte en un síntoma de ese buscar a tientas:

 

Perdí la certidumbre, nada grave,
pues muy pronto se pierde lo postizo,
el castillo de arena se deshizo,
hasta el fondo del mar se fue la nave.

No hay certidumbres ciertas ni siquiera
lo pasado pasó con certidumbre
¿Me hundí en el mar, llegué a la cumbre?
y no existe respuesta verdadera.

Quizás viviera lo soñado cierto,
quizás soñara lo vivido muerto,
no lo puedo saber porque es sabido
que es solo la ilusión la que perdura:
Y creo que he soñado lo vivido
y creo que fue luz mi noche oscura.

 

 A tientas y fragmentariamente, cada soneto es una descarga de fulgor o de sombra, una discontinuidad del conocimiento que busca su unidad a ráfagas, a sacudidas lúcidas y a veces dolientes. Porque el hombre es esencialmente Tiempo, y la poesía se presta mejor que la prosa, por su carácter fragmentario, a expresar la temporalidad del existir humano, su Estar dinámico en un espacio y tiempo construidos y vividos intermitentemente hasta la muerte. Ferreras huye de la tramposa comodidad del Ser, con mayúsculas, de la solidificación de un espíritu que no duda, temeroso de la imperfección y lo concreto. Él no cree en el destino, en la determinación, en las definiciones últimas y axiomáticas ni en fines prediseñados. La vida es un Estar evasivo al razonamiento, un aquí y ahora sin asideros:

 

Dijo muy mal Pessoa aquella tarde
pensar, pensar y no poder vivir,
sentirse ante la vida tan cobarde
como el que espera solo el devenir.

Pero la vida quema porque arde
y consume el pensar al existir.
No hay frontera posible que nos guarde
del fuego de la vida y su fungir.

Pensar no tiene nombre ni existencia
aunque pueda engendrar un pensamiento,
se piensa contra el agua, contra el viento
y se llega quizás hasta la ciencia.
Pero la vida manda y el pensar se muere
cuando impone la vida lo que quiere.

 

Sobrepasado por la vida, el pensamiento solo puede ponerse a su servicio, adherirse suavemente a su devenir, o rebelarse y quedar petrificado. El pensamiento no puede ir contra la vida más que literariamente, o como anhelo y deseo de otras vidas mejores, posibles o imposibles y solo vividas imaginariamente, como en sueños. La auténtica nostalgia es la que añora lo que nunca fue y el poeta no puede dejar de ser su fingidor y su vocero. La ilusión es también sustancia del mundo y sin ilusión no hay utopía ni conquista verdaderamente humana:

 

La ilusión que es el mundo, le ilusiona
y cree, buen creyente, en su mentira,
le basta suspirar que el que suspira
se gana la ilusión de ser persona.

El sueño de la nada es su corona
y se siente mirado cuando mira,
pero le importa poco, va de gira,
viajero ilusionado por su zona.

Sin la ilusión del mundo morirían
todas las mariposas, las ideas
y hasta todos los sueños bien soñados.

Sin la mentira ilusa, vivirían
los hombres como piedras, como teas
que alumbraran tan solo a los quemados.

 

Que la vida nos sobrepase y sea, al fin, incomprensible, no justifica que nos dejemos abotargar por el irracionalismo. Ferreras aúna racionalidad y vida, una razón vívida y sentiente que huye del escapismo ilusorio de lo absoluto, de los significantes puros en los que se asienta la verdadera fuente de nuestra alienación, lugar donde la razón solo trastabilla. La conciencia humana es un relacionar desde el tiempo, el espacio, la historia y las circunstancias sobrevenidas. No hay ultramundos salvíficos. El Templo es de carne y es de este Mundo:

 

El templo de mi Dios en el que creo,
es el vivir del mundo, fauna y flora,
y es la vida mortal que es infinita.

 

Si el conocimiento se construye socialmente por acumulación de dudas e incertidumbres que van afinando las preguntas y proponiendo ulteriores respuestas, siempre provisionales, las religiones se edifican con verdades inamovibles cuya razón de ser es externa y ajena a la experiencia humana. Dios es la emisión propagandística más antigua y eficaz del planeta, impuesta como revelación y defendida por la corona y la espada. Ferreras ataca con denuedo las religiones, pues estas se cimentan mediante el odio y la ignorancia, y con odio e ignorancia se mantienen y esclavizan. El miedo es su materia; el adiestramiento, su escuela; la mentira, su método y la esperanza, la más perniciosa, su placebo:

 

Remontar un río hasta lo oscuro
hasta encontrar la estrella luminosa,
al final del jardín está la rosa
que reviste de luz el alto muro.

Y embarca el pobre hombre en pobre nave
dispuesto a las más duras singladuras,
un arcángel le espera en las alturas
de rostro bello y de mirada suave.

Tal es la religión que lo esclaviza
en el nombre de un dios inexistente,
tal es el falso viaje de la mente
que transforma sus sueños en ceniza.
No hay viaje no hay ni cielo, vagabundo,
Pues tu viaje y tu cielo son el mundo.

 

En algunos sonetos el ateísmo se propone como instrumento de desalienación de la conciencia y como desinfectante de una memoria que arrastra ya siglos de mugre trascendente.

 

Y son los antiateos los verdugos
de toda no creencia inteligente,
los idiotas de siempre, los mendrugos
que no comen jamás el pan caliente.

En sus vidas acuosas y sin jugos
se aferran a su dios tan fuertemente
que exhiben como joyas solo yugos
pues quieren ser esclavos solamente.

Son los bueyes castrados, los que tiran
del carro donde reina la ignorancia,
los que por Dios te matan y suspiran.

Defienden la creencia, la más rancia,
enemigos del hombre y la conciencia
impiden el pensar y hasta la ciencia.

 

De Protágoras a Platón, el centro del mundo se desvía del hombre a lo divino –a lo totalizante– y de lo inmanente a lo trascendente. La incipiente e imperfecta democracia griega desaparece y el hombre mayusculea soberbio hasta convertirse en la abstracción “Humanidad”, despojado ya de sus condicionantes temporales y espaciales, que son siempre concretos y terrenos, y lo que es más importante, modificables a través de las ideas y el trabajo colectivo. Por eso Ferreras nos interpela: “¿Por qué llamas a Dios si tú lo eres?”. Final de un segundo terceto que nadie contesta.

Mitad hacer, mitad azar, el destino “es el Tiempo y está ciego” y es el hombre el que se inventa a sí mismo y a los dioses. Y contra el Tiempo, cauce fijo y eterno que contiene el Estar sin fin de la vida, se hace el hombre. Contra el Tiempo se escribe, se ama, se recuerda. Y contra el Tiempo se pierde, se pierde siempre, aun lo que creíamos conquistado. Lo único que nos queda es convertir el Tiempo en nuestro tiempo, hacerlo propio, mismidad presente y elegida que llamamos libertad. Prometeo deviene, así, en deseo de nuestra conciencia; un “ángel puro” que, movido por amor y en solitario riesgo decide liberar al hombre de sus servidumbres, aunque no quiera:

 

Aspira el hombre a ser un Prometeo
y todo por amor, y enamorado
roba el fuego a los dioses, castigado
lo encadenan a un monte a lo que creo.

El salvar a los hombres es deseo
que suele estar muy mal considerado
porque es el mismo hombre que salvado
prefiere a ser un libre el ser un reo.

Esclava quiere ser toda esa gente,
no quieren libertad sino un seguro
que les guarde del hambre en su existencia.

Prometeo es un dios inexistente,
un hermano del hombre, un ángel puro,
un deseo no más de la conciencia.

 

El hombre puede apropiarse del tiempo pequeño que el azar dispuso que él cultive con trabajo, esfuerzo y fatiga, sí, pero también con una serie de virtudes extensivas que son, en la concepción del Estar de Ferreras, una auténtica antimetafísica arraigada en el mundo y en la vida. Algunos sonetos cantan al placer, la naturaleza, la inocencia, la infancia, la mujer, el sexo, la belleza, el sueño… Y aunque todo ello será sin duda arrebatado por el Tiempo, perdurará sin embargo en la memoria, única eternidad concedida al hombre, ángel custodio de nuestra historia:

 

Diminuto coral que se dibuja
en la concavidad que más suspira,
urna de oscuridad por donde mira
la cabeza más dulce de una aguja.

Panal de cera dulce y de burbuja,
manantial de la gracia, suave pira,
gatito lujurioso que delira,
estrellita de carne que me empuja.

Me besa carne a carne y jugo a jugo,
me insulta con pesar y hasta me afrenta,
su comida soy yo que le alimenta

y soy su prisionero y no me fugo.
¡Cómo te cantaré, sexo enemigo,
tan desdeñoso a veces, tan amigo!

 

Como afluentes del Tiempo, otros temas discurren por los versos de Juan Ignacio Ferreras: la vejez, la soledad, la nostalgia, el dolor. Este último es materia poética muy trabajada, por ser el dolor consustancial a una naturaleza en devenir que es consciente de ser, a la vez, tránsito y ocaso. Con qué precisión lo expresa:

 

No es el dolor de ser pues somos nada,
es un dolor de estar y siempre estamos,
la sola ontología que habitamos
no puede ser jamás deletreada.

Vivimos sobre el corte de una espada,
sobre inciertas visiones caminamos,
y muertos de vivir, cuando muramos
la vida ha de quedar significada.

No es el dolor de ser pues nunca somos,
es un dolor de estar y estando vamos
camino de una angustia que no vemos.

Un día subirá por nuestros lomos
la guirnalda más negra que pensamos;
quizás entonces sí, quizás seremos.

 

El dolor se acrecienta más de lo soportable después de agosto del año 1983, cuando muere su hijo menor, con solo 18 años y al que Ferreras dedica poemas desgarradores, la mayoría de ellos pertenecientes a la obra publicada en 2002, Manual de Olvidos, que incluimos en este libro, salvo tres sonetos escritos más adelante y que el autor ha querido añadir al final de la tercera parte de la obra mencionada.

 

Se me murió la gracia en la frontera
en que lo humano se acerca a lo divino,
ya para siempre es vano mi camino,
ya para siempre inútil mi carrera.

Solitario te veo y yo me siento
a soledad estamos condenados
porque vamos los dos como hechizados,
juntos también a un mismo pensamiento.

Vendrás siempre conmigo a donde vaya,
siempre en mi carne siempre mientras dure,
serás un hueso mío, el más profundo,

nos iremos los dos por una playa,
dejaremos los dos que el mar murmure,
gozaremos la nada de otro mundo.

 

Encontramos también, en menor número, sonetos en tono burlón sobre asuntos ordinarios y triviales o que hacen mofa de personalidades diversas: papas, reyes, ministros, burócratas, intelectuales…:

 

Homeopatía, negocio de los pillos,
que nos revende un agua milagrosa
en una pildorita primorosa
que adelgaza sin duda los bolsillos.

Quizás enamorada de sus brillos
el alma que es estulta y candorosa
se traga lo que venden, tan ansiosa
que traga por tragar hasta ladrillos.

Yo no denuncio al pillo sino al tonto
víctima de la fe como un cristiano
¡Compra la pildorita, vete pronto
a untarte las axilas y hasta el ano!
No curarás por ello pero piensa
que el pillo ya ha llenado su despensa.

 

Incluso alguno sobre el Poder y sus detentadores:

 

Son corruptos, sonríen satisfechos
están en el poder, lo han disfrutado,
ejércitos, iglesias, banca, estado,
dispuestos a gozar y siempre arrechos.

 

El poeta no puede ser cómplice del Poder y por eso presta una voz que nos devuelva la palabra robada, retocada, maquillada. Cuando el poder cambia el uso de las palabras, me decía Ferreras citando a Confucio, el pueblo pierde la libertad. Y es cierto. Ahora que los medios de comunicación y propaganda invaden ya los pliegues más íntimos de nuestra sociedad, la palabra es un figurante más de la simulación programada. Hay que señalar que Juan Ignacio se implicó activamente en la lucha política. Durante su exilio en París, colaboró en el Mayo del 68, y allí entabla amistad con republicanos españoles exiliados y diversos grupos antifranquistas: anarquistas, socialistas, maoístas, etc. Ferreras colabora en distintas conferencias impartidas a obreros españoles, e incluso llega a enviar libros y propaganda política camuflada bajo el sello remitente de la Iglesia Evangélica. En la Sorbona, donde entonces impartía clases, será acosado por los comunistas que no le perdonaron haber participado en las revueltas del 68.
Cuando regresa a España en 1983, Ferreras se topa con un país inmovilista y atrasado políticamente, con problemas mucho más serios que el país vecino. Realiza algunas tentativas con movimientos republicanos y al fin desiste de la política activa, y se refugia en la soledad de la escritura; quizás entiende que todavía es demasiado pronto, y que no hemos aprendido a buscar colectivamente la libertad, y preferimos resignarnos a la seguridad del esclavo que elige nuevos amos.

ferreritasEl tiempo ha seguido su transcurso, y el año 2013 me llevó por un azar hasta Ferreras. Cuando toqué el timbre de su casa, acostumbrada a la seriedad de plomo de algunos autores, me sorprendió la mirada jovial y aguda de un hombre que, aunque mayor, se desenvolvía ágilmente y que me invitó a charlar con él toda la tarde. No pude asimilar de una tacada toda la información recibida ni hacerme una idea cabal de la extensión y complejidad de su obra. Recuerdo que ya entonces me habló de sus noches insomnes dedicado al soneto. Toda una vida. Cuando le conocí mejor, en un principio me extrañó que hubiera elegido la estructura cerrada del soneto como forma poética para expresar su visión del hombre y de la vida, pero después se me fue aclarando la cuestión. Solo un poco. La forma cerrada permite, como a un ajedrecista las reglas del juego, el gozo de la libertad sin que se derrame la intención de lo acometido, permitiendo conjugar claridad, precisión y distanciamiento. Si el Tiempo es el cauce fijo que regula la corriente del devenir, el soneto es el lecho estable que impide que las ideas se desborden. Vida refugiada en la geometría cristalina de una copa que se ofrece al lector. Sencillez y contención incluso en el estilo y que el propio Ferreras versifica así:

 

Hablaré del estilo que practico
a la hora sonora del soneto:
y lo quiero, primero, limpio y neto,
muy pobre de adjetivos pero rico.

Después lo quiero exacto, y unifico
las rimas, los acentos, y completo,
le pongo a las metáforas el veto
pues yo no canto nunca, significo.

Nunca busco lo bello ni lo intento
ni tampoco agradar a los lectores,
huyo del espectáculo y sus flores.

Escribo lo que sufro y lo que siento,
lo que espero también y lo que ignoro,
y todo en un silencio que es sonoro.

 

Desde la clarividencia que dan tantos años tan bien vividos, Ferreras ha querido hacerse invisible al mundo para preservar su libertad y dedicarse a su pasión más encendida, la poesía. Y casi lo consigue, aunque algunos nos vamos arrimando a sus frondas, empeñados en regar sus sauces y prestarle, agradecidos, nuestra memoria.

 

http://www.editorialmanuscritos.com/epages/ea8141.sf/es_ES/?ObjectPath=/Shops/ea8141/Products/sonetos

Morata de Tajuña, 9 de mayo de 2014.

Elena Diez de la Cortina Montemayor.
Editorial Manuscritos

 

 

 

 

 

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