EL CELO DE LA URRACA. Sobre violencia de género, sociedad de la mentira y medios de información.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA9:23 h. Un gato atropellado en la cuneta poco discretamente, a un metro escaso del arcén cubierto de amapolas. El cuerpo fehacientemente aplastado por la rueda de un vehículo pesado, un coche, quizás, o una furgoneta, ha cedido generosamente partes de sí mismo al medio que le rodea. Hay rastros de sangre, carne y otras materias sin identificar esparcidos por el asfalto. Su prodigalidad se extiende a otros seres vivos; en el caso que analizamos, a una urraca que picotea con cierta avidez y jugándose el pescuezo las partes que suponemos más blandas (siempre hay alguien que aprovecha con ágiles maniobras la ruina ajena).

El félido, de piel atigrada y amarillenta, está muertísimo, y nada nos hace suponer que quede rastro alguno de eso que llamamos, muy vagamente, “vida”. No obstante, y para no ser tachados de materialistas, dejamos abierta la hipótesis (no demostrada ni demostrable) de que el animal pudiera aún ser consciente de su propio cesar.

Ignoramos la hora del suceso, así como la edad y el sexo del (sujeto) afectado. A la distancia del observador –que se topó abruptamente con la escena cuando iba conduciendo por el carril contrario hacia la gasolinera después de dejar a su retoño entre los barrotes de una institución educativa– esos detalles no podían ser dilucidados con exactitud ni veracidad, motivo que nos excusa de afirmar si fue éste un atropello intencional motivado por oscuros intereses, fruto solo de un irreprimible espasmo pasional o simplemente un mero accidente sin premeditación alguna. Empero, que el conductor se dio a la fuga sin socorrer al accidentado es hecho probado que nadie en su sano juicio pondría en duda, pues en caso contrario habría ayudado a la víctima o, al menos, la hubiera apartado amablemente de la carretera, a fin de que no fuera atropellada nuevamente y evitar, de paso, que algún semejante se viera involucrado en un desagradable incidente que le llevara a ocupar, junto al gato, similar papel en la escena. Y es que el mal suele alimentarse de hechos banales e inconscientes y engorda con la ignorancia y la frivolidad igual que con la tosca reflexividad, pues aunque socráticos y platónicos negaron que se pudiera hacer el mal a sabiendas, quizás se les escapó que ese, su ideal, era realizable solo en hombres que fueran tales, ideales y muy griegos, pero no alcanzaron a ver que pudiera imponerse y crecer a sus anchas un calco negativo de esa virtuosa utopía humana, el moderno hombre real de carne y hueso, tal y como hoy lo padecemos.

Pero volvamos a los hechos. Aunque nada podamos afirmar acerca de los móviles del suceso, bien pudiera ser éste un repudiable acto de felinofobia, cometido por un particular o un grupo terrorista organizado que, aprovechando la vulnerabilidad propia de aquellos que se sustraen a los tentáculos psicóticos del poder por carecer de los debidos documentos acreditativos de legal existencia, así como por incumplir la normativa vigente en materia de vacunación y desparasitación (impuestos incluidos) requerida por altas instancias previsoras de nuestra salud pública, pudieron cometer dicha fechoría con total impunidad y sin violentar lo más mínimo las leyes. Pues los sin papeles, seres indocumentados que vagan importunando fronteras y exhibiendo sin pudor su innumerada existencia, al no habitar la memoria del Registro, dejan de habitar la memoria de todos y del mundo y terminan por no existir. O lo hacen en las cunetas del olvido, donde van muriendo anónimamente atropellados por la Historia.

Bastara que uno solo, cualquier fulano o mengana debidamente censados y al día con sus obligaciones tributarias, tuviera memoria de él o le hubiera puesto un nombre (generalmente cursi), para que la impunidad del atropello no fuera posible. Inmediatamente la maquinaria administrativa, debidamente engrasados sus más ínfimos mecanismos, comenzaría su inercial movimiento de ires y venires de papeles firmados, sellados y juramentados por partes y contrapartes hasta sentencia en firme y subsiguiente penalización. El gato, aunque muerto, habría sido debidamente compensado –relamiéndose en su hipotética conciencia ultraterrena sus inmateriales bigotes– , pero no fue el caso, pues, como venimos diciendo, era un simple e ilegal “sin-papeles”, como los miles que recorren y se hacinan en las ocultas esquinas polvorientas del mundo, fuera del objetivo de los polifemos y sus agencias. A éstos no les interesa una muerte tan vulgar y tan poco muerte, pues, en realidad, solo muere el nacido y registrado, el buen contribuyente que aceita con su sudor los engranajes. No. Ni les interesa ni es noticia, a no ser que dicha muerte, relatada convenientemente y retocados allí y allá algunos pormenores, sirviera a un fin más elevado y civilizatorio.

Pongamos por caso que el felino, que se reúne asiduamente con otros compinches armados con uñas y dientes, ha saltado la valla de un vecino justo a la hora de comer, cuando este terminaba de aliñar una ensalada dejando a su suerte la bandeja con los filetes. El gato se ha subido a la mesa del porche y con el filete en la boca, ha vuelto a saltar ágilmente la valla para merendarse el botín bajo la tranquila sombra de un nogal. El hombre escucha entonces los gritos de su mujer –claros y distintos– y armado de una fregona sale en busca del felino, al que propina un palazo disuasorio –claro y distinto también– que le deja, sin pretenderlo, seco en el sitio. La mujer, que tiene hambre y está de mal humor, observa el cadáver del animal y da por hecho que su marido lo es aún más (animal, se entiende), cuestión que no duda en comunicarle abiertamente. El hombre, esta vez confuso y culpable, intenta resguardarse en excusas que no surten el efecto deseado sino el contrario, pues se demuestra que no sólo ha cometido violencia contra un animal indefenso; además –y esto es lo relevante y susceptible de convertirse en noticia–, su acto es un claro ejemplo de violencia de género, pues el felino era felina, gata parda, para entendernos. Este detalle, claro y distinto, no le pasa desapercibido a su mujer, ilustrada como está por periódicos y programas televisivos de ámbitos e ideologías democráticos y plurales. Y como todos ellos vienen a coincidir en lo mismo, no le afea la duda esa verdad compartida, viéndose en la obligación social y moral de acusar a su marido ante las altas instancias por violencia machista. Polifemo se frota su único ojo e inunda los medios de titulares:

“Nuevo caso de violencia de género en Mordia”
El asesino, vallisoletano y nacionalizado catalán, deberá pagar 200.000 euros a su mujer y 31.000 a los descendientes de la gata asesinada, que serán ingresados en un zoológico de Barcelona.

——

“Un colectivo contra la violencia machista animal exige al gobierno medidas urgentes contra el celo.”
“Amigas de las Animalas” proponen castrar a todos los gatos y perros callejeros para evitar los malos tratos continuados a las hembras. “Esperamos que esta medida se haga extensiva a otras especies animales” dice su fundadora.

 ——

 “Detenido en Valladolid un hombre acusado de matar a las gatas por su género”

La víctima no había presentado denuncias por maltrato. La policía descubrió su cuerpo tirado en la carretera, con claros signos de haber sido atropellado después de muerta. Los psiquiatras destacan en la primera sesión del juicio, la frialdad con la que se comportó el acusado.

 ——

etc…

 ——-

El desenlace, como es de esperar, se saldó satisfactoriamente con prisión y multa del hembrófobo y una Comisión de Investigación sobre la Peligrosidad de las Fregonas que presentará sus conclusiones en febrero de 2016.

Los medios de información, como venimos viendo, no sólo ayudan a construir una sociedad más culta, justa y veraz haciendo públicos aquellos hechos significativos y engrandecedores de lo humano –como los Premios Panfleta al mejor impostor en lengua castellana– o  dando notoria publicidad a actos reprobables y mezquinos que, de otra manera, quedarían ocultos bajo las alfombras del ámbito privado. Para conseguir sus excelsos objetivos, los medios deben también utilizar clásicas estrategias teleológicas aun a riesgo de no ser comprendidas cabalmente y sin recelo por ciertos sectores de la opinión pública –que vienen a coincidir con los que no creen una sola palabra de lo que dicen–. Así, necesariamente se han de silenciar aquellos sucesos que puedan arruinar un buen negocio (incluido el de los medios) y se han de fabular revueltas, ataques terroristas, epidemias mortales, crisis económicas o machismo endémico si su impacto sobre el receptor se orienta hacia los fines deseados. Teniendo esto presente, y sabiendo que siempre habrá urracas dispuestas a beneficiarse del mal ajeno, los gatos podemos vivir hipotéticamente tranquilos.

MIAU!

4 thoughts on “EL CELO DE LA URRACA. Sobre violencia de género, sociedad de la mentira y medios de información.

  1. Pingback: EL CELO DE LA URRACA. Sobre violencia de género, sociedad de la mentira y medios de información. | Psicosofía

  2. Pingback: Anónimo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s