BANKSTERS: LA SAGA

 

Por Frank G. Rubio

Harry dedos largos

Walter Pidgeon: -Yo creo que la economía del país se ha ido al traste por culpa de las tarjetas de crédito, en cuanto nos deshagamos de esas malditas tarjetas todo se arreglará.

James Coburn: -Para el carro: las tarjetas de crédito no desaparecerán, desaparecerá el dinero. Todos seremos un número en una inmensa computadora

Walter Pidgeon: -¿Qué desaparecerá el dinero? ¡Eso es ridículo!

James Coburn: -Pero ocurrirá…

Walter Pidgeon: -¡Es el comunismo!

James Coburn: -Es la economía.

Walter Pidgeon:-Es criminal.

“Harry dedos largos” (Bruce Geller. USA, 1973)

Sería bueno que entendiéramos cómo y cuándo empezó todo, ahora que intuimos cómo puede y no debe terminar… Por la cuenta que nos trae.

Fue en el siglo XVII, en su segunda mitad (1656), cuando en Ámsterdam y Suecia determinados bancos  comenzaron a manejar coeficientes de caja inferiores al 100 por ciento y producir a partir de sus depósitos dinero de la nada que sería aceptado por los particulares y los gobiernos. Había surgido un poder similar al que en el pasado remoto había aportado la acuñación de moneda. Es decir: la posibilidad de, presuntamente facilitando el intercambio, instituir el parasitismo como logro evolutivo y civilizatorio. Se habían puesto los primeros ladrillos del Templo… Dinero, gobierno, comercio, guerra, religión y esclavitud vienen en el mismo paquete.

En Inglaterra el primer banco “nacional” (Bank of England, 1694), hoy lo llamaríamos “central” (obviamente en manos privadas), jugó un importante papel en la financiación de las guerras de la nueva dinastía, de origen holandés, contra Luis XIV.

En cambio en la dulce Francia uno de los detonantes de la Revolución sería la negativa de los banqueros europeos a conceder créditos a la Monarquía; créditos que hubiesen posiblemente permitido al Antiguo Régimen sobrevivir. Napoleón llegó al poder apoyado por los banqueros y creó el Banco de Francia en 1800 pero sus continuas y costosas guerras le enemistaron con los mismos financieros que acabaron abandonándole a su suerte. Conocido es el modo con que los Rothschild, manejando información reservada sobre el resultado de la batalla de Waterloo, incrementaron de modo exponencial su fortuna provocando un crack bursátil; diseminando falsa información en Londres y comprando luego a la baja todo que les plugo.

La conexión pues de las finanzas, en manos más que contadas, con los acontecimientos que han alumbrado la Modernidad resulta evidente.

Los reyes en el pasado pedían dinero a los prestamistas para hacer sus guerras y cumplir con los gastos suntuarios y de mantenimiento de sus cortes, pagando luego con los impuestos a los que sometían a sus súbditos. Poco ha cambiado desde entonces a pesar de las nubes de humo, algunas radiactivas o con olor a carne quemada, que emanan de los atanores socio-históricos (¿debería decir alquímicos?) de la agonizante y nunca suficientemente denostada Ilustración. Un reciclado eurocéntrico de las mismas sublimes verdades con las cuales se habían iniciado los despropósitos esclavistas, mal llamados civilizatorios, de Sumeria y el antiguo Egipto.

En los Estados  Unidos de América hubo desde la fundación de la nación una lucha sorda contra los representantes de las finanzas. Jefferson se opuso con todas sus fuerzas a Hamilton que pretendía crear un banco nacional. Andrew Jackson vetó la posibilidad de este engendro, hoy aceptado como natural e imprescindible por nuestras depredadoras élites. Pero fue Lincoln quien dijo contra los banqueros palabras tan significativas como éstas:

Los poderes del dinero saquean la nación en tiempo de paz y conspiran contra ella en los momentos de adversidad. Los bancos son más despóticos que las monarquías, más insolentes que la autocracia, más egoístas incluso que las burocracias. Denuncian como enemigos públicos a todos los que les cuestionan sus métodos o arrojan luz sobre sus crímenes.

 ¿Pero quién cree hoy en la nación? Desde luego no David Rockefeller ni la mayor parte de los insulsos petimetres del 15M, más conectados entre sí de lo que desearían estos últimos. Muchos de ellos infectados por las bacterias del izquierdismo más anacrónico (hoy globalismo multiculturalista, ayer “internacionalismo proletario”) sostenido por las fundaciones, organizaciones no gubernamentales y las universidades vinculadas al gran capital. En cuanto a la catatonizada ciudadanía, qué vamos a contar…

La crisis financiera actual permite considerar como opción la creación de un regulador financiero global de matiz supranacional. Gordon Brown, politicastro británico vinculado a los sindicatos y laborista, pidió no hace mucho la conversión del Fondo Monetario Internacional en un banco central global. Paul Volcker, antiguo Presidente de la Reserva Federal norteamericana, por su parte dijo: si hemos de tener una verdadera economía global tiene sentido también una moneda mundial. Es curioso como los mismos que generan las crisis con sus actividades políticas y especulativas (“los mercados”) lo cual les permite, añadimos, ejercer un poder casi omnímodo y beneficiarse de manera sistemática con el empobrecimiento de la gran mayoría, se han autoconvencido que la solución sólo puede venir de ellos a través de entregarles cotas de poder cada vez mayores. Algo así como utilizar a los pirómanos como bomberos. Pero en eso estriba el Estado Mundial, cantado por tantos intelectualoides deseosos de colocación segura y remunerada, en dar todo el poder al crimen organizado (corporaciones privadas, estados, ONGs, iglesias, organizaciones supranacionales, etc.) y a los esbirros del aparato tecno-científico. Una utopía terminal a la medida del Último Hombre en el contexto disolutivo y, afortunadamente definitivo e ígneo, de la última fase del Kali Yuga.

La Reserva Federal USA, banco central en manos privadas hibridado con los poderes del Estado, surgió antes de la Primera Guerra Mundial con la finalidad de “estabilizar las finanzas” y beneficiar con ello a los grandes monopolios que se habían configurado en los Estados Unidos tras la Guerra Civil. Se trataba de crear dinero de la nada a lo grande y prestarlo a los bancos privados. Ya en 1873 una crisis económica había permitido, como está ocurriendo ahora, que los “Robber Barons” de la época acapararan la mayor parte de las riquezas.

1) Lord Jacob de Rothschild; 2) Su hijo Nathaniel; 3) Baron John de Rothschild; 4) Sir Evelyn de Rothschild; 5) David Rockefeller;
6) Nathan Warburg; 7) Henry Kissinger, 8) George Soros; 9) Paul Volcker; 10) Larry Summers; 11) Lloyd Blankfein; 12) Ben Shalom

Las élites oligárquicas vinculadas al capital financiero tomaban el mando, con ello comenzaba la época de las grandes guerras, los reajustes geopolíticos más brutales y la aparición del socialismo científico en sus vertientes marxista y fabiana (ideologías manufacturadas por los grandes consorcios desde su génesis). Punto de anclaje, este supuesto conflicto ideológico entre “izquierda” y “derecha”, de una profunda reconfiguración social e ideológica del mundo europeo de carácter uniformizador y centralizador. Llegan las masas y los especialistas en su manejo (periodistas, revolucionarios, publicistas, psicólogos, sociólogos, etc.), imprescindibles para los ejercicios de grotesco titanismo humanitario y tecnológico (“progreso”) que aún no han concluido. Del panóptico al biopoder en unas cuantas generaciones y todo en el nombre de la Paz Perpetua y del Hombre…

Desde que aparecen los bancos centrales toda referencia al libre mercado es espuria. Los bancos centrales actúan para salvaguardar el interés de los menos (los banqueros privados), perjudicando a la inmensa mayoría con sus actividades. Que el lector avisado aplique esto a la situación actual, no se equivocará en sus intuiciones.

Sin las actividades luctuosas del Banco Central español no hubiera sido posible la burbuja inmobiliaria, tan similar a la de USA en tantos aspectos, posibilitada por la connivencia criminal entre la clase política, el alto funcionariado, bancos y constructoras. Ahora quien paga el pato son los contribuyentes, endeudados hasta las cejas y privados de los servicios sociales básicos para pagar los costes de la criminal e inepta gestión bancaria. Jauja para “banksters” firmada y sellada también por las instituciones eurocráticas cuya mangancia, inepcia y bandolerismo son cada vez más obvias. Cuarto Reich a la vista, boys and girls…

¿Qué se nos viene encima de manera casi inmediata? Ya en 1988 The Economist, boletín parroquial  del ala fabiana al servicio de los grandes consorcios, anunciaba una nueva moneda mundial que sustituiría a los cromos con presidentes muertos del otro lado del Atlántico. Su nombre muy significativo: Fénix. Pajarraco virtual, accesible con microchip, que surge de sus propias cenizas tan campante.

Entre tanto: “acciones de falsa bandera” variadas y sabiamente distribuidas por la geografía del planeta más necio de la galaxia y guerras humanitarias ad hoc permiten avanzar el programa manu militari, instaurando condiciones de vida ultra policiales que harán difícil revolverse contra los agresores. Como señala Andrew Gavin Marshall: los gobiernos trabajan ahora directamente para los bancos, la democracia está en declive en todos los lugares y la militarización de la sociedad doméstica es un hecho[1]. Y por favor no me hablen de la “primavera árabe” que me va dar un ataque de risa ilimitado. El fomento del fundamentalismo islámico forma parte de la trama y cuesta al año millones. Y al fondo los chinos, sonriendo y comprando deuda e imponiendo su peculiar versión de la fordización

Miss Afganistán

Simplificando y resumiendo: Plutocracia más allá de los partidos y transnacionalización de las clases dominantes, fin de las clases medias vinculadas al estado nacional (peligrosas aún por su actitud hacia el mérito, la cultura y la crítica). En un futuro nada lejano proletarización generalizada (aceptando la precariedad y el peonaje como naturales y permanentes) y reducción brutal de la población en el Tercer Mundo mediante hambrunas y pandemias artificiales fabricadas en los laboratorios del Estado Terapéutico. Todo ello en nombre de Gaia, acabar con “el cambio climático”, luchar contra terrorismo sintético de sello claramente policial o democratizar el desierto de Gobi para que las mujeres puedan ir a los hipermercados seguras en bikini.

Salvo que se produzcan reacciones locales y nacionales intensas de resistencia que no estén contaminadas por los discursos meretricios procedentes de los media y del establishment educativo como lo son las imbecilidades de “los indignados” o el acceso al poder de sectas fanáticas promovidas desde Arabia Saudita. Si combináramos el coraje de Islandia con la ferocidad y decisión del Dos de Mayo (no de mayo del 68, queridos) a lo mejor resolvíamos esto en cinco años. Pero los matriarcados tecnotrónicos, fabricados por lumbreras masculinas, no dan más que para aglomerar guiñapos urbanitas ante la caja tonta, votar las alternativas manufacturadas más dañinas y/o llenar estadios con neomujiks.

Pendiente pues lo de siempre: deponer a los ineficaces y castigar a los corruptos.

“Aprender de Pol Pot…” dijo el Mapache… añadiendo: “No olviden sacar con lanzallamas de sus sótanos a los Físicos y disponer de ellos como se merecen. Cambio y corto.”

Cuando se estrangule al último capitalista

Con las tripas del último burócrata

Florecerán los cerezos en nuestras mentes.[2]

Frank G. Rubio  es escritor, con Editorial Manuscritos ha publicado los libros Donde yace Visnú (poesía) y los ensayos “Protocolos para un apocalipsis” y “Pensar el 15M y otros textos”

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